Los últimos días del Cardenal Cisneros

Hace cuatro días celebramos los 500 años de la muerte del Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros y, por desgracia, ha pasado con más pena que gloria. A lo largo de este año pasado se han sucedido una serie de actos conmemorativos que, bajo mi punto de vista, no han hecho justicia a la importancia capital que el Cardenal Cisneros tuvo en la historia de Alcalá. Nadie, ni siquiera Cervantes, ha sido tan decisivo en el transcurso de nuestros siglos. Pero menos da una piedra, como se dice. Como mi particular homenaje a su figura, os iré desgranando la vida y obra del Cardenal Cisneros a lo largo de este año. Y como no podía ser de otra manera comenzaremos con los últimos días del ilustre franciscano antes de su muerte, la que aconteció hace 500 años (y cuatro días)

“Última confesión del Cardenal Cisneros” por José María Rodríguez de Losada (1889)

Tras la muerte de Fernando el Católico el 23 de enero de 1516, el Cardenal Cisneros fue nombrado regente del Reino de Castilla hasta que el futuro Carlos V hiciera posesión de sus dominios en España. Tenía 80 años y se enfrentó a una regencia difícil, con parte de la nobleza con deseos de aupar al trono al complutense infante Fernando y un príncipe Carlos que tardaba demasiado en venir a gobernar sus reinos.

“Cisneros” por Pérez Dola. Ilustración aparecida en “La Esfera. Ilustración Mundial” el 11/06/1921.

Corre el mes de septiembre de 1517 y el Cardenal Cisneros decide establecer la Corte en Aranda de Duero para recibir al príncipe Carlos quien desembarca en Villaviciosa el 19 de septiembre . Él se aloja en el Monasterio franciscano del Domus Dei en La Aguilera, donde empeoran los síntomas de su enfermedad debido a las humedades y corrientes de aire de sus celdas. Sin embargo, aún encuentra fuerzas para dar misa el día de San Francisco e incluso hay quien asegura que tuvo una visión del Cielo, como su biógrafo Pedro de

Retrato del futuro Carlos V, por Bernard Van Orley (h. 1516)

Aranda Quintanilla. Sea como fuere, el 9 de octubre los médicos le obligan a marchar hacia Aranda para descansar con mayores comodidades que en el cenobio franciscano. Y allí permanecerá unos días mientras la enfermedad y los achaques continúan su avance hasta que la peste hace su aparición y obliga a trasladar la Corte desde Aranda de Duero hasta Roa. Es 17 de octubre y el Cardenal hace un viaje de 25 kilómetros en litera gravemente enfermo mientras que el príncipe Carlos va camino de Tordesillas para visitar brevemente a su madre, esquivando reunirse con él.

Monumento a Cisneros en Roa, por Ana Jiménez López (1995)

Cisneros no está solo en este periplo. Le acompaña el infante Fernando, a quien quiere tener cerca para evitar que la nobleza más beligerante pretenda utilizarle para usurpar los derechos de su hermano Carlos. También le acompaña el cardenal Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI) como legado pontificio, el arzobispo de Granada y otros obispos y nobles de España. Al llegar a Roa, los cardenales y el infante se hospedarán en el palacio del conde de Siruela. Allí, escapándosele poco a poco la vida mientras llega noviembre, se afana en dejar atado el gobierno de la nación mandando cartas con diversas recomendaciones al príncipe Carlos, quien las ignorará para desgracia de Castilla y Aragón. También escribe al Rector de la Universidad de Alcalá. Y, como no podía ser de otro modo, se prepara para el momento de morir.

“Emperador Fernando I” Anónimo (1515-20)

Llega el viernes 6 de noviembre y el estado del Cardenal empeora gravemente. No puede levantarse de la cama ni ingerir alimento alguno por culpa de una calentura que durará casi 20 horas. Después de cuatro meses, las fiebres y el cansancio de los años parece que van a conseguir su objetivo. Así pasa una noche de perros y amanece el sábado 7 de noviembre de 1517. Hace entonces llamar al padre Fray Diego Machado para la que sería su última confesión. Cuatro horas de confesión. Al acabar, pedirá comulgar en presencia de toda la Corte, entre ellos Pedro de Lerma (abad de la Magistral) y Hernando de Balbás (canónigo y profesor de la Universidad). Su alma queda en paz. Tras esto recibirá a lo largo del día a diferentes miembros de la Corte y les dará consejos, especialmente al infante complutense. Oscurece y el sol se pone por última vez para el Cardenal Cisneros, quien se rodea de franciscanos que le acompañan a lo largo de la noche.

Sepulcro del Cardenal Cisneros. Fotografía Jean Laurent (ca 1870) Archivo Ruiz Vernacci, IPCE

Amanece el 8 de noviembre de 1517 y el Cardenal Cisneros sabe que va a morir. Vuelve a recibir a los miembros de la Corte, con los que volverá a departir y a repartir bendiciones y consejos. Recibe una carta del rey, en la que se despide de él y se lamenta de su ausencia. Banalidades y palabrería, viendo lo mucho que desoyó los consejos del Cardenal. Este, creyéndole, le dicta una contestación a su secretario que ni siquiera puede firmar en la que le agradecía sus palabras y le pedía que fuera patrón perpetuo de la Universidad de Alcalá, como aceptaría el monarca. Vuelve a rodearse de sus compañeros franciscanos tras despedirse por última vez de los cortesanos. Juntos rezan completas y salmos, le visten con el hábito y el cíngulo, le imponen la extremaunción y le acompañan mientras él repite las siguientes frases según relató el Doctor Hernando de Balbás, quien se hallaba presente:

In te Domine speraui, non confundar in aeternum, in iustitia tua libera me. In manus tuas commendo spiritum meum, redemisti me Domine Deus veritatis. Conserva me Domine quoniam speraui in te.

Y así, entre las 3 y las 4 de la tarde del 8 de noviembre de 1517, el Cardenal Cisneros expiró y dejó este mundo a los 81 años de edad. Hace 500 años (y cuatro días).

 

 

 

 

 

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Acerca de José Antonio Perálvarez

Licenciado en Historia, Experto en Gestión de la Información, Docente ocasional y Guía Turístico de Cervantalia y Alcalá Bikes. Complutense y amante de nuestra ciudad
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