San Diego y el milagro de las flores

Como muchos ya sabréis, el 13 de noviembre es el onomástico de San Diego de Alcalá. Como es tradición, a lo largo del día de mañana podremos ver su cuerpo incorrupto pues su urna se abre en la Catedral-Magistral para que todos, devotos o curiosos, puedan observarlo.

Este santo franciscano, el único que hizo la Iglesia Católica en todo el siglo XVI, había nacido en San Nicolás del Puerto (Sevilla) pero pasó sus últimos años, murió y fue enterrado en nuestra ciudad, dando lugar hasta refranes. Quizás por ello pasó al santoral con el apellido “de Alcalá”. Y fue aquí dónde realizó sus milagros, siendo uno de los más famosos y representados el que os traigo hoy: el milagro de las flores.

“San Diego de Alcalá” por Francisco de Zurbarán (1653-1655) Museo Lázaro Galdiano

Fray Diego de San Nicolás, que así se llamaba, llegó a Alcalá en 1456 para formar parte Convento de Santa María de Jesús recién fundado por el arzobispo Carrillo. En su condición de portero del monasterio, tenía contacto directo con los alcalaínos y, más concretamente, con los pobres. Era un fraile especialmente querido en la ciudad porque, según se contaba, robaba comida de la despensa, cocina y comedor del convento para repartirla entre los más necesitados. Y aquí llegamos al milagro, del que hay varias versiones.

“San Diego” de Gregorio Fernández (1610) Museo Nacional de Escultura de Valladolid

La versión más antigua del milagro a la que he tenido acceso (más que nada porque no sé el suficiente latín como para leer el acta de canonización de San Diego) la cuenta el padre fray Melchor de Cetina en su Discursos sobre la vida y milagros del glorioso padre San Diego…(1609). En él relata que el Guardián del Convento había ordenado a la Comunidad, y en especial a fray Diego, que se moderasen en las limosnas pues estaban en año apretado y al refitolero, el monje encargado del comedor o refectorio, que no diese pan fuera del mismo a nadie sin su consentimiento. En una de esas, se cruzó el guardián con fray Diego que llevaba las mangas llenas de panes que acababa de coger para repartir entre los pobres. El superior le tiró del hábito, pensando que le había cogido con las manos en la masa, y milagrosamente cayeron rosas. El guardián se maravilló ante las flores que tenía delante de sus ojos fuera de temporada y, entendiendo el milagro, le permitió a fray Diego que continuara con sus hurtos pues entendía que Dios remediaría las necesidades del convento, como así fue.

“Milagro de las Rosas” de Annibale Carracci (1605-06) Museu Nacional d’art de Catalunya

Parecida, aunque quizás más decorada y literaria, es la que relata fray Antonio Rojo en su Historia de San Diego de Alcalá, fundación y frutos de santidad…(1663). Cuenta que fray Diego solía aprovechar los despistes de otros monjes para coger comida de la cocina y del refectorio para dársela a los pobres. Cuando empezaron a darse cuenta de que faltaba comida, el santo fue uno de los principales sospechosos por su habituales muestras de compasión. Así fue que un día, el Guardián vio a fray Diego dirigirse a la portería con las mangas muy llenas. Seguro de haber cogido al ladrón, se le acercó y, reprendiéndole, le dijo:
¿Qué exceso es este siendo, como es, el año tan caro? ¿Qué razón hay para que el pan, que es su principal sustento, falte a mis frayles porque V.R., muy piadoso, quiera que no falte a sus pobres? En la puerta se da más de lo que se puede de limosna y V.R. quiere que el pan en el refectorio nos haga falta.San diego le respondió:
¿Qué pan? Regístreme V. Paternidad los enfaldos y las mangas y hallará que solo llevo unas rosas.
Así hizo el Guardián, descubriendo las flores y maravillado por el milagro, le dejó seguir su camino a su portería, dónde volvieron a convertirse en pan para repartir entre los pobres.

Portada de la biografía de Antonio Rojo sobre San Diego (1663)

Por su parte el Sacristán Mayor del Convento fray Diego Álvarez, en su Memoria ilustre de los famosos hijos del Real, grave y religioso convento de Santa María de Jesús…(1753) cuenta otra versión más tierna. Caminaba un día de invierno fray Diego por el convento lleno de gozo su espíritu cuando, aprovechándose de un despiste del fraile encargado del refectorio, cogió comida de la mesa de los frailes y salió corriendo hacia la calle para repartirla entre los pobres. Salió a su encuentro fray Juan de Peñalver, el venerable Guardián del convento, quien le conminó dulcemente a mostrarle lo que llevaba con las siguientes palabras:
– Veamos hermano fray Diego, ¿qué bulto es ese del enfaldo qué tan guardado lo llevas?
Fray Diego se sorprendió y, poniéndose colorado, dobló su cabeza con obediencia a su superior y le respondió:
Veis aquí, que llevo flores.
Abrió así el enfaldo y mostró fray Juan un ramillete de rosas frescas y azucenas. El Guardián se sorprendió, pues estaban en lo más crudo del invierno, y le preguntó:
Y bien, hermano fray Diego, ¿qué flores son estas en tiempo y temporal tan intempestivo?
Fue entonces cuando el futuro santo le contó la realidad y el Guardián, satisfecho, le dijo que prosiguiese con sus hurtos pues, que produciendo milagros, eran una maravilla. Así, fray Diego siguió su camino hacia la salida del convento donde le esperaban sus pobres para recibir los panes. Porque otra vez eran panes. Termina diciendo fray Diego Álvarez al relatar el milagro que le habían costado un susto y dos milagros.

“San Diego de Alcalá” por Francisco de Zurbarán (1658-1660) Museo del Prado, proveniente del retablo mayor del Convento de Alcalá.

La más conocida, quizás, es la que nos relatan Francisco, Raquel y Lourdes Viana en su Alcalá de Henares: historias, tradiciones y leyendas (1997). Cuentan que el fray cocinero, mosqueado porque siempre le faltaba comida, se lo hizo saber al Abad y ambos decidieron espiar para ver quien era el ladrón. Así descubrieron como fray Diego cogía comida, la escondía en el hábito y salía dirección a la calle. Fue entonces cuando le interceptaron, inquiriéndole sobre qué es lo que llevaba escondido en el doblez del hábito. Diego respondió que flores para la Virgen y ellos, sabiendo que eso no era así, le hicieron desdoblar su hábito. Para su sorpresa, lo que había eran flores. Le dejaron marchar y el fray Abad le dijo al cocinero: déjale llevarse lo que quiera que habiendo santo en casa, comida no ha de faltar.

“San Diego de Alcalá” por José de Ribera (1644) Catedral de Toledo

Crean o no en los milagros, no dejan de ser historias (o leyendas) curiosas que son mero reflejo de una realidad histórica: la compasión de San Diego con los más pobres de nuestra ciudad. Gran persona debía ser nuestro santo sevillano.

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Acerca de José Antonio Perálvarez

Licenciado en Historia, Experto en Gestión de la Información, Docente ocasional y Guía Turístico de Cervantalia y Alcalá Bikes. Complutense y amante de nuestra ciudad
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